Los anticuerpos son proteínas producidas por células B individuales (linfocitos
B) como reacción a la exposición a una sustancia extraña (antígeno). Estos anticuerpos
se unen de forma específica a una parte determinada de la sustancia que ha inducido
su producción. No obstante, los linfocitos B naturales no pueden producir suficientes
cantidades de estos anticuerpos para que puedan ser empleados con fines terapéuticos
o de diagnóstico. En 1975, se consiguió resolver este problema fusionando linfocitos
B productores de anticuerpos con células inmortales de un tumor llamado mieloma.
Las células resultantes constituyen una fuente de anticuerpos homogéneos (monoclonales)
que se pueden producir en grandes cantidades.
La técnica clásica utilizada para producir anticuerpos monoclonales consiste
en inyectar un animal (en general ratones, ratas o conejos) con la sustancia
contra la que se desea obtener anticuerpos. La presencia de la sustancia extraña
induce a los linfocitos B a fabricar anticuerpos. Estas células son extraídas
y fusionadas con una línea celular de mieloma. Las células no fusionadas se
eliminan. Llegados a este punto, cada célula fusionada - llamada hibridoma -
fabrica un único tipo de anticuerpo, un anticuerpo monoclonal. El hibridoma
que produce el anticuerpo monoclonal deseado se identifica y esta nueva línea
celular se utiliza para producir grandes cantidades del anticuerpo.
En los últimos años, gracias al conocimiento de la genética de la formación
de los anticuerpos, podemos clonar los genes que codifican para el anticuerpo
y producirlo en algún organismo, sin necesidad de generar el hibridoma correspondiente.
Para esto habría que clonar la pareja de regiones VH y VL de nuestro anticuerpo
de interés y ensamblarla en la forma de un anticuerpo funcional. En la actualidad
se utilizan los bacteriófagos filamentosos y el fago lambda para expresar en
Escherichia coli los genes del anticuerpo de interés. Esta técnica ha
permitido la generación de genotecas con inmensos repertorios de anticuerpos,
imitando de manera artificial la estrategia de selección empleada por propio
sistema inmune. Esta tecnología es una de las más poderosas para la creación
de anticuerpos. Así mismo la tecnología de los anticuerpos ha generado anticuerpos
quiméricos (híbridos) en donde la parte hipervariable (la que se une al antígeno)
es de origen exógeno (del ratón, conejo, etc) mientras que el resto del anticuerpo
es de origen humano. De esta manera se minimiza la posibilidad de generar respuesta
inmune frente al propio anticuerpo terapéutico. Otro avance técnico en los esfuerzos
para reducir la inmunogenicidad de los anticuerpos lo constituye la creación
de los anticuerpos humanizados. Esta técnica se basa en la estructura terciaria
del sitio de combinación con el antígeno, el paratopo. En él existen unas regiones
responsables de la unión al antígeno mientras que otras zonas sólo sirven de
soporte estructural al paratopo. Así pues las regiones estructurales se toman
de un anticuerpo humano mientras que se dejan las regiones responsables de la
unión al antígeno del anticuerpo del ratón. Además de lo comentado también se
utilizan diversos fragmentos más pequeños del anticuerpo en vez de todo este
completo.
Los anticuerpos monoclonales son los productos principales de los laboratorios
de diagnóstico, con aplicaciones muy variadas que van desde las pruebas de embarazo,
hasta la determinación de los niveles que alcanzan los fármacos una vez inyectados
en el organismo humano. A nivel terapéutico, se ha aprobado a el uso clínico
de varios anticuerpos monoclonales para el tratamiento del cáncer.
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